Durante décadas, el éxito turístico se ha medido con una sola cifra: la ocupación. Llenar en agosto era sinónimo de buen año, sin embargo, hoy sabemos que esa fotografía es incompleta. Un destino o un establecimiento que concentra su actividad en tres meses y vive con la persiana medio bajada el resto del año no tiene un problema de demanda, sino de modelo.
La estacionalidad es cara, aunque no siempre se vea. Obliga a dimensionar equipos, infraestructuras y servicios para picos que duran semanas, encarece los costes fijos en los meses valle, alimenta la temporalidad laboral y debilita a las comunidades que viven del sector. Además, los picos saturan. En temporada alta la presión sobre el territorio, la vivienda y los servicios públicos se vuelve difícil de sostener y erosiona la propia experiencia del visitante.
Desestacionalizar no consiste en repartir los mismos turistas en más meses, ni en bajar precios en invierno y esperar. Exige construir razones para viajar cuando no es verano, y eso pasa por una oferta que no dependa del clima: gastronomía, cultura, enoturismo, naturaleza, deporte, bienestar, congresos y reuniones. Pasa también por apostar por segmentos con flexibilidad de fechas, como el teletrabajo, los viajeros sénior o las estancias largas, y por mercados emisores cuyo calendario vacacional no coincida con el nuestro.
Y exige, además, una cooperación que hoy todavía no es la norma. Ningún hotel, restaurante o empresa de experiencias puede desestacionalizar en solitario: si el entorno cierra, el viajero no viene. Hacen falta destinos que mantengan abiertos servicios, transporte y programación durante todo el año, y una promoción coordinada entre administraciones y empresas que ponga el foco en la temporada media y baja.
Conviene, además, cambiar el indicador. La ocupación sigue siendo útil, pero debe leerse junto a otras métricas: los ingresos por habitación disponible, la estancia media, la estabilidad del empleo y el reparto de la actividad a lo largo de los doce meses. Un 90 % en julio y un 30 % en febrero no es mejor que un 65 % sostenido durante todo el año; en rentabilidad, empleo y sostenibilidad, probablemente es peor.
El sector turístico tiene la oportunidad de pasar de gestionar picos a gestionar el año completo. Quien lo consiga no solo será más rentable: será más resiliente, ofrecerá un empleo más estable y construirá un turismo que conviva mejor con quienes viven en el destino los doce meses.

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